Hace poco en un curso, cuando estábamos hablando de cosas que nos gustaban hacer, una madre dijo que le encantaba “hacer el tonto” con sus hijos, le gustaba construir casas con cojines y mantas y luego esconderse con ellos e inventarse historias. 

Me quedé sorprendido. No porque le gustara jugar a eso, claro que no ¿a quién que se lo permita no le gustaría?. Lo que me alucinó es que lo llamara “hacer el tonto”. Siempre me ha dado mucha rabia el que se utilice tan mal el lenguaje y se desprecie lo pequeño, el juego, el dsfrutar de la vida, el cariño o la ternura, la espontaneidad, la alegría como cosas poco serias, como cosas de segunda, menos importantes que el trabajo, los deberes, las responsabilidades.

Pues no, lo mejor de esta vida son los momentos en los que disfrutamos, en los que somos libres de pasarlo bien y lo hacemos con la gente a la que queremos. Creo que se hace el tonto no jugando, no permitiéndose seguir siendo niño.

A mi me encanta hacer el payaso y creo que es una de las cosas más bonitas, dignas e importantes que se puede hacer. Hacer el (o ser) payaso es una experiencia encantadora porque te coloca en la situación (detrás de la nariz roja, la máscara más pequeña del mundo) de sentir las emociones como un niño lo haría,  emocionarte y apasionarte con todo, actuar sin más ley que el presente, la curiosidad, el amor y la ternura.

A veces me pongo mi nariz y con mis hijos y sus narices, pasamos un rato genial.

A veces también sin narices; cuando toca ataque de cosquillas, cuando nos picamos en un juego, cuando nos morimos de risa sin poder parar, cuando preparamos una sorpresa, cuando dibujamos o hacemos algo bonito y no paramos de contemplarlo…

Así que dejad de hacer el serio y disfrutad. No vais a perder nada por hablar el lenguaje de los niños, dejaos llevar, encontrad el payaso que lleváis dentro, enamorad a vuestros hijos sorprendiéndolos con vuestra locura y no perdáis el tiempo.

¡Es una orden!